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Principio y fin del palacete de Pedralbes: "Kit, esta va a ser nuestra casa"

La imputación de los duques de Palma fue el detonante para ofertar el palacete de las desgracias. Fianzas y multas obligaban a desprenderse de la mansión

La imputación de los duques de Palma fue el detonante para ofertar el palacete de las desgracias. Las fianzas más las multas impuestas por el juez Castro y la imposibilidad aparente de hacer frente a los 52.000 euros trimestrales de la hipoteca de tres millones y medio solicitada en su día a La Caixa eran razón más que suficiente para desprenderse de la vivienda. El problema fue que nadie la quería comprar y menos con el 50% embargado por el juzgado.

Ahora, por fin, es posible que la duquesa de Palma venda por seis millones la que fue la casa de sus sueños. Al menos, para Urdangarin, porque Cristina estaba acostumbrada a pisar alfombra y vivir en palacios desde la cuna. Los duques han tenido que rebajar el precio de la vivienda en dos millones de euros con respecto a los ocho que pedían hace un tiempo, cuando la casa se anunciaba en una inmobiliaria rusa.

Imagen del palacete de los duques de Palma en Pedralbes
Imagen del palacete de los duques de Palma en Pedralbes

Para Iñaki, Pedralbes fue la manifestación pública de su poderío. Había triunfado en la vida casándose con una infanta de España, tenía cuatro hijos de anuncio, y aunque en aquel momento se desconocían sus tropelías, que años después le llevarían a ser imputado, sí llamaba la atención esa capacidad económica tan apabullante. Pedralbes fue su Xanadú particular. De esa manera demostraba que aún sin títulos universitarios y oficio efectivo (nunca se supo qué trabajo desarrollaba en Telefónica), una vez que dejó el mundo del deporte, podía mantener a una hija del Rey como si fuera una emperatriz. De la búsqueda de la nueva casa, una vez que el piso de la avenida Diagonal se quedó pequeño, se encargó Iñaki.

Las otras opciones

Los duques de Palma, en una imagen de archivo (Gtres)
Los duques de Palma, en una imagen de archivo (Gtres)

Hubo tres alternativas anteriores. Un dúplex de 400 metros cuadrados cerca del club de tenis, un ático con jardín privado en la calle Dels Cavaller y una vivienda de las denominadas señoriales de 600 metros cuadrados en la avenida Pearson. Nada de esto convencía al duque, que quería más. Y de pronto llegó el sueño convertido en realidad. Le ofrecieron una torre levantada en 1952 por el arquitecto Ferrán Villalonga de 1.200 metros construidos, jardín con cipreses, acacias y un magnolio que daba la bienvenida. El precio era ajustado para la economía del matrimonio: seis millones de euros.

La infanta no supo nada del tesoro inmobiliario hasta que un sábado por la mañana Iñaki la llevó hasta la calle Elisenda Pinos, en la zona alta de Barcelona, y le mostró la sorpresa. El más ilusionado era el marido, que le dijo a su mujer, a la que en la intimidad llama Kit: “Kit, esta va a ser nuestra casa”. Y así fue como los sueños faraónicos del exjugador de balonmano se hicieron realidad.

Desde que se instalaron en Ginebra, pocas han sido las visitas a ese hogar que ahora se encuentra destartalado, con humedades y un jardín sin cuidar donde antes se organizaban las fiestas familiares a las que todos los íntimos querían acudir. Los duques no van a ganar dinero y tampoco perderlo, pero saben que ya nunca volverán a Barcelona. Allí la infanta que llamaban “la nostra” ya no es del todo bienvenida.

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