En busca de la botonadura de diamantes de Miguel Boyer

Los hijos del tercer marido de Preysler han abierto la caja de los truenos con la herencia de su padre. Cansados de esperar han reclamado lo que consideran que les corresponde legalmente. Y piensan llegar hasta el final
Foto: Isabel Preysler en un fotomontaje realizado en Vanitatis
Isabel Preysler en un fotomontaje realizado en Vanitatis

La herencia de Miguel Boyer, que falleció en septiembre de 2014, no se ha resuelto y por lo que parece puede alargarse en el tiempo tres años más. El contencioso no ha hecho más que empezar. Al menos en el aspecto mediático, al hacerse público que los hijos del primer matrimonio del que fuera ministro de Economía, Miguel y Laura, no han tenido acceso a lo que por ley les corresponde. Ellos, junto con Ana, la pequeña de la saga, que tuvo con Isabel Preysler, son los beneficiarios del legado paterno que por ahora se encuentra “en paradero desconocido”, como califican los que conocen la historia a lo mucho o poco que dejó el tercer marido de la reina de corazones.

[Vea aquí: Abrimos el polémico testamento de Miguel Boyer: esto es lo que él estipuló]

Según se versione esta historia, hay quien afirma que “hay mucho que repartir”. Dicen que aunque solo sea por el sueldo vitalicio que como ministro le correspondía, los seguros de vida y las inversiones que se le supone hizo en vida, el montante sería importante. Hay que recordar en el historial de vida que Miguel Boyer fue uno de los integrantes más influyentes de la llamada 'beautiful people' que se hicieron poderosos en todos los sentidos en los años 80. Algunos acabaron en la cárcel por delitos de corrupción y otros investigados por lo mismo. En el caso de Boyer se le relacionó con la trama Ibercorp, pero salió libre de toda acusación. Y eso que el fallecido Ruiz-Mateos hizo todo lo posible por que no fuera así. Tenía sus propios métodos, como cuando se dedicó a incordiar a la pareja al mudarse definitivamente del chalet de la calle Arga en El Viso al casoplón de Miraflores, en Puerta de Hierro, bautizado por Alfonso Ussía como Villa Meona, por aquello de los muchísimos cuartos de baño. El escritor y columnista es el verdadero propietario del 'copyright'.

La vivienda familiar que la viuda comparte con Mario Vargas Llosa desde que se hizo oficial su noviazgo es ahora una especie de castillo inexpugnable donde, según lo que dice el heredero, “resulta complicado comprobar qué hay que inventariar porque no hay ningún interés en hacerlo. Yo solo quiero cosas concretas como libros y algún objeto bueno de recuerdo. Lo he exigido pero no me hacen caso. No estoy contento con Isabel Preysler”. Las cosas buenas a las que se refiere Miguel son seguramente obras de arte, mobiliario y antigüedades de la familia Boyer que salieron del piso de la calle de Velázquez cuando murió el padre de familia. Se repartió entre los cuatro hermanos Boyer Salvador y no hubo problemas como ahora. Por lo tanto, sería un bien privativo a dividir entre los tres hijos: Laura, Miguel y Ana. Y cómo no, la famosa botonadura de brillantes para la que también hay varias versiones. Para unos es como 'mi tesssoro' de 'El señor de los anillos' y quieren rescatarlo, mientras que para la viuda es producto de la imaginación: “No existe. Nunca la he visto”.

Este trabajo de organizar, inventariar y repartir debería hacerlo el tío Christian Boyer, al que su hermano nombró albacea. Por ahora 'la vida sigue igual', que diría Julio Iglesias, y no hay movimiento a la hora de ajustar el legado. De hacer caso a la parte que se considera desfavorecida, el tío pintor también habría sucumbido a la personalidad de su cuñada, que le ha hecho partícipe de reuniones festivas y gastronómicas junto al nobel Mario Vargas Llosa tanto en la casa que ahora comparten como en el exterior.

Sí llama la atención que Miguel Boyer en su testamento pusiera un plazo de 60 meses para resolver sus últimas voluntades. Quizá intuyera los problemas que tendrían sus dos herederos, como así ha sido. Aunque en el caso de Miguel Boyer Arnedo, con una vida familiar tranquila y feliz y un trabajo que le gusta, reconoce que hay un antes y un después. “Le cambió la vida, que hasta conocerla (Isabel Preysler) le iba muy bien. Después de ella no volvió a dar pie con bola en lo profesional, familiar, político, económico, intelectual y social. A partir de ese momento vivió de las rentas de su vida anterior y fue decayendo tristemente”.

 

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