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Enrique Morente, un hombre bueno y libre

Después de escuchar a su hija Estrella dedicándole la despedida más conmovedora y dramática, a través de esa ‘Habanera Imposible’ de Carlos Cano, es complicado escribir

Foto: Enrique Morente, un hombre bueno y libre
Enrique Morente, un hombre bueno y libre

Después de escuchar a su hija Estrella dedicándole la despedida más conmovedora y dramática, a través de esa ‘Habanera Imposible’ de Carlos Cano, es complicado escribir sobre Enrique Morente.

En este caso las palabras no pueden reemplazar a ese “quejío desgarrador”, que así definieron los presentes el llanto musical que la artista ofreció por última vez al padre al que “nunca volveré a tocar pero sí a sentir, porque siempre estará conmigo”.  
 
Nadie se esperaba ese arranque de fuerza, como tampoco lo imaginaban nueve años antes los muchos invitados y familiares que compartían con Estrella y Javier Conde uno de los días más felices de su vida. 
 
Un testigo presencial fue Eduardo Ladrón de Guevara. El modisto que le diseñó su espectacular traje de novia me contaba que cantar es la forma que tiene Estrella de expresar sus sentimientos. Los trágicos, como ha sido la muerte del hombre bueno y libre que fue Morente, y los momentos felices y familiares.  
 
Javier Conde y ella se casaban en la Basílica Nuestra Señora de las Angustias de Granada y, en un momento dado, el sacerdote le preguntó si quería decir algo previo a los votos matrimoniales.
 
Hubo un silencio impresionante y el tiempo se paró cuando la novia, en vez de hablar, cantó una media granaína. Morente, se emocionó de tal manera que tuvo que secarse las lágrimas provocadas por la voz de su hija artista.  
 
Otra anécdota de ese día refleja también el espíritu noble y digno del cantaor. Su casa, con vista al Albaicín, era el día nupcial una locura con todas las mujeres de la familia revolucionadas y con los nervios a flor de piel.
 
En la calle, un grupo de reporteros, fotógrafos y cámaras de televisión de guardia. En un momento dado, Morente, con toda la parsimonia del mundo, sacó una sillita de playa al balcón, junto con un cesto de naranjas, y una garrafita de vino dulce y se puso de charla con ellos. Les preguntó que cuántas horas llevaban allí y, al decirle que muchas, el maestro les regaló su fruta y su vino.
 
Cuando la novia estuvo dispuesta, recogió sus bártulos, se despidió de la prensa y ejerció de padrino orgulloso.
 
La muerte de Morente es de esas cosas injustas y absurdas que marca el destino, cuando decide repartir a hombres buenos y generosos unas cartas sin posibilidad de cambio.

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