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La duquesa de Alba y sus hijos, en pie de guerra

El noviazgo de la duquesa de Alba con Alfonso Díez sacó a la superficie los malos rollos existentes entre los miembros de la casa

Foto: La duquesa de Alba y sus hijos, en pie de guerra
La duquesa de Alba y sus hijos, en pie de guerra

El noviazgo de la duquesa de Alba con Alfonso Díez sacó a la superficie los malos rollos existentes entre los miembros de la casa ducal. Al principio, hubo desconcierto general y los hijos no se creían que el crazy love de su madre tuviera un largo recorrido. Más o menos, la tendencia era dejar a mamá que hiciera su vida como lo había hecho siempre. Divertirse y entretenerse con el  fiel funcionario que parecía un buen muchacho. Pasaba el tiempo y la relación amorosa se iba afianzando ante el estupor de los hijos y el asombro de amigos y conocidos. Coincidiendo con el ‘estado nirvana’ que le daba el enamoramiento la salud de la duquesa se resentía.

Hubo un momento en el que la aristócrata no podía moverse sin silla de ruedas y, por lo tanto, su dependencia era absoluta. Empezaron entonces los desencuentros de los hijos con la madre. Carlos, Cayetano y Fernando estaban en total desacuerdo con la relación que mantenía con Díez. Eugenia dejaba hacer, mientras que el duque de Aliaga, que siempre ha ido por libre económicamente,  y Jacobo defendían el derecho de su madre a enamorarse, casarse o compartir palacio si le venía en gana. La disparidad de opiniones fue sonada. El hijo jinete fue el más reacio y dejó claro que no tenía ninguna intención de amoldarse a la nueva situación personal de mamá.

Los tres hijos contrarios a la relación tampoco permitieron que el novio acudiera al hospital, cuando la duquesa fue intervenida por el doctor Trujillo, que le implantó una válvula en la cabeza. A partir de ahí fue cuando la aristócrata empezó a pensar en boda, porque si enfermaba o se rompía la cadera, algo habitual  en señoras de su edad, no quería que Alfonso tuviera problemas para estar con ella. Esta razón, más sus fuertes convicciones religiosas, hicieron que definitivamente se planteara su tercer matrimonio. A partir de ese momento, la casa de Alba se convirtió en un campo de batalla verbal.

Declaraciones oficiales y filtraciones interesadas, que hicieron que la duquesa tomara la determinación de repartir su herencia para que se acabaran los malos rollos. Pero, esta decisión, en vez de aplacar los ánimos, ha originado el ‘efecto rebote’, con el consiguiente enfrentamiento entre parte de los herederos. Sobre todo del conde de Siruela, que considera que su madre no ha sido equitativa.

Fernando tampoco ha sido de los más beneficiados, pero, como es de buen contentar, no ha hecho comentarios más allá de sus íntimos. El tercer hijo es un hombre educado, que tiene su trabajo y no suele dar titulares porque lleva una vida muy convencional. Por eso y, aunque su lote ha sido menor que el de Jacobo, no se ha quejado. A todo este lío hereditario hay  que sumar las declaraciones desafortunadas de Cayetana llamando “mala, mentirosa y envidiosa” a su nuera Inka Martí, que obligaron al marido a emitir un comunicado defendiendo la honorabilidad de su mujer.

Y no fueron las únicas. Días después, la duquesa no se echó atrás, sino que confirmó sus declaraciones que, por cierto, no han sido emitidas en su conjunto porque había también ciertas descalificaciones que iban más allá de la  propia condición de nuera de Inka. Si Cayetana pensaba que dando en vida su patrimonio las relaciones materno-filiales fraternales se iban a solucionar, ha sido todo lo contrario. A veces es mejor que los herederos se den de tortas una vez desaparecido el titular.

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