20 años del enlace real

Crónica (resaca incluida) de la boda sin solera de Cristina 'la nostra' e Iñaki Urdangarin

Desde un balcón, vestida de azul cobalto y con un peinado con ondas al agua, la Infanta parecía feliz y miraba a su duque como si no hubiera un mañana

Foto: Una escena de la boda en un fotomontaje de Vanitatis.
Una escena de la boda en un fotomontaje de Vanitatis.

Decía el tango que veinte años no son nada. En el caso de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, estas dos décadas han dado para mucho. El 4 de octubre de 1997, festividad de San Francisco de Asís, patrón de los animales y del medio ambiente, la pareja hacía su entrada triunfal en la catedral de Barcelona para casarse.

Cristina ya era duquesa de Palma, título otorgado por su padre un mes antes de la ceremonia nupcial. El jugador de balonmano se convertiría ese mismo día en consorte ducal. Muchos años después, cuando el caso Nóos ya estaba en la calle, se supo que el yerno se autodefinía como duque 'em-palma-do'.

Cristina e Iñaki en una imagen de archivo. (Gtres)
Cristina e Iñaki en una imagen de archivo. (Gtres)

Nada hacía presagiar la trayectoria tanto personal como institucional de la pareja, con Urdangarin desterrado de la familia real, sin trabajo conocido y con un futuro cercano sobre el que planea un ingreso en prisión una vez se resuelvan los recursos. En aquellos años, a la infanta Cristina, que había decidido años atrás instalarse en Barcelona, la llamaban 'la nostra' y era la más querida de los Borbón Grecia. La duquesa eligió un precioso vestido de Lorenzo Caprile. Desde siempre, el modisto mantiene una relación personal con las infantas porque sus hermanas también estudiaron en Santa María del Camino.

Barcelona, lugar del enlace, no era Sevilla, ciudad en la que la gente se echó a la calle para ver pasar en calesa a la infanta Elena y Marichalar. Aquello sí que fue una fiesta que abarcaba toda la ciudad, con señoras estrenando vestido y mantilla para estar en la calle. Con Cristina e Iñaki todo fue más comedido y los más animados eran los extranjeros, a los que la boda les pillaba de tournée vacacional. Hubo más participación ciudadana el día anterior, cuando el Ayuntamiento costeó y regaló a los novios un impresionante espectáculo de agua, luz, música y fuegos artificiales en la fuente Mágica de Montjuic. Desde un balcón, vestida de azul cobalto y con un peinado con ondas al agua, la Infanta parecía feliz y miraba a su duque como si no hubiera un mañana. No hay que olvidar que Urdangarin compaginó su noviazgo con la hija del Rey con su novia de toda la vida, Carme Camí, una chica tan discreta que nunca más hizo declaraciones relativas a la traición del deportista.

Al día siguiente, Cristina apareció con ojeras porque en realidad no había dormido más de dos horas. Prefirió divertirse y compartir con los íntimos su última noche de soltera. A las seis de la mañana ya estaban peluqueros y maquilladores preparados para dejar a la novia en perfecto estado de revista.

Muchos de los invitados reales se alojaron en el hotel Arts, que dos meses antes abrió las puertas de las 'supersuite' y apartamentos a la prensa en una operación de marketing fantástica para que viviéramos en primera persona lo mismo que los Reyes reinantes y sus hijos. Hubo mayordomos veinticuatro horas, champán, que no cava, canapés de caviar, fresas con chocolate belga y 'delicatessen' a granel y a demanda. Cada familia real corría con sus propios gastos, una costumbre que se mantiene en todas las bodas de monarquías reinantes. Los únicos que se saltan estas reglas son los jeques de Arabia Saudí y Kuwait, que corren con todos los gastos y además regalan joyas a todos los invitados.

La infanta Crtistina e Iñaki Urdangarin durante el paseo nupcial. (Gtres)
La infanta Crtistina e Iñaki Urdangarin durante el paseo nupcial. (Gtres)

Los invitados reales más jóvenes llegaron varios días antes y se dedicaron a hacer turismo. Se les podía ver paseando por las Ramblas, en el puerto de excursión marítima sentados en las barcas conocidas como 'golondrinas' o parando en Boadas, uno de los locales de coctelería más veterano de la ciudad. Algunos visitaron en Pedralbes la basílica de Santa María del Mar, el monasterio y después el Foix de Sarrià, la confitería preferida de la infanta Cristina. Muchos años después, el matrimonio compraría el palacete en ese barrio que sería el principio del fin de la reputación pública de la pareja.

Los periodistas recorríamos tras ellos los mismos sitios y nunca hubo ningún problema con los escoltas y guardaespaldas. Fueron jornadas festivas en las que lo que importaba era pasarlo bien. Se casaba Cristina, que de los tres hijos reales era la más independiente, lista y liberal en cuestiones amorosas.

En Vena

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