La vida privada de doña Cristina
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Gema López

Malas Lenguas

Por
Gema López

La vida privada de doña Cristina

No salgo de mi asombro cuando oigo a los abogados de la Infanta Cristina diciendo que solicitar las declaraciones de la renta de la señora de

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La vida privada de doña Cristina

No salgo de mi asombro cuando oigo a los abogados de la Infanta Cristina diciendo que solicitar las declaraciones de la renta de la señora de Urdangarin es algo así como atentar contra su intimidad. El argumento es exactamente el mismo que esgrimen algunos famosos, casi siempre los que venden más exclusivas, cuando se les pilla con un nuevo novio pero no trincan parte del botín. Vamos que la infanta, por muy hija de su padre que sea, se ha equiparado ella sola, por debajo, a cualquier celebrity cuyo mayor logro es el cúmulo sucesivo de conquistas. Con la diferencia que estas últimas todavía son capaces de interponer una demanda y ganarla, porque la ley las ampara, pero, ¿quién ampara a la infanta?

“Injerencia a la intimidad”, dicen textualmente los letrados, y vuelvo a quedarme perpleja. Es como si el delito lo cometiesen quienes solicitan investigar a la infanta y no la investigada. Una negativa que hace pensar a cualquier persona, menos ilustre y peor formada que ella, que si no hubiese nada que esconder la infanta no solo aportaría las declaraciones de los diez últimos años, sino hasta un informe detallado de lo que ingirió el día de la primera comunión, dando con ello un bofetón a la tan traída y llevada la ley de transparencia

A estas alturas, apelar a la intimidad es mostrar a la desesperada las debilidades de alguien contra quien planea la sombra de la duda y, con esta argumentación, lejos de despejarla, la alarga para indignación del populacho. Esa es la sombra que debe ver  cada hijo de vecino que por estas fechas rellene los papeles de su declaración, rogando que le salga a devolver.

Claro, que la culpa no es de los abogados sino del que tras ellos se esconde, agazapado y cobarde, exigiendo estatus de noble cuando sus actos le sitúan entre los villanos de la corte; unos villanos que, aprovechando que pasaban por allí, llenaron sus arcas pensando que los que pagan no rugirían.

Que se solicite que los correos privados entre Urdangarin y Torres no se difundan en los medios por carecer de relevancia penal, es una cosa, pero que la petición exima a Doña Cristina de mostrar cuánto ha ganado, cómo lo ha ganado y qué cuentas ha rendido a Hacienda, entendiendo que Hacienda, tal y como nos han enseñado, somos todos, lo que pone de manifiesto es que ni todos somos iguales ni se nos juzga por el mismo rasero.

Resulta curioso que cuando se especuló con una posible amiga rusa del duque (em.. palma…do) o se habló de las andanzas de la bella Corinna, nadie recurriese a la intimidad de los posibles afectados y ahora que se trata de aportar pruebas a una causa escandalosa, que ha dado de lleno en la línea de flotación de la monarquía, se apele a los derechos fundamentales de una esposa que, como la de Julián Muñoz, nada sabía.

Si apelamos a las leyes, cumplámoslas todas de principio a fin y dejemos a un lado discursos vacíos que hablan de conductas poco ejemplares. Lo poco ejemplar es aprovechar cualquier resquicio legal para intentar salir airoso de una situación que ha llevado al mismísimo yerno del Rey a declarar ante un juez.

Infanta Cristina