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Jaipur, una puerta al suntuoso pasado de los maharajás

Tras cuatro horas de traqueteo, el Shatabdi Express deja atrás Deli y llega a Jaipur, la Ciudad Rosa, una puerta al tiempo de los antiguos maharajás

Foto: Jaipur, una puerta al suntuoso pasado de los maharajás
Jaipur, una puerta al suntuoso pasado de los maharajás

Tras cuatro horas de traqueteo, el Shatabdi Express deja atrás Deli y llega a Jaipur, la Ciudad Rosa, una puerta al tiempo de los antiguos maharajás al pie de las montañas de Aravali, que cierran el paso a las doradas tierras del desierto. Un conjunto de grandiosas y recias fortalezas, bellos y tranquilos templos y suntuosos palacios propios de Las mil y una noches.

Pero Jaipur, capital de Rajastán, es hospitalidad y amabilidad, aderezo del caos que da sentido y encanto a todo el país. El alma de la vieja ciudad india se esconde más allá del estuco que recubre de color rosa todas sus fachadas. Sus señas de identidad se engarzan en el naranja de los saris, los rojos de las alfombras que se extienden en los bazares y en los turbantes de un rojo intenso que realzan y contrastan la piel cobriza de sus habitantes. La ciudad desprende el característico aroma de los puestos de especias, sabe a te dulce y huele al condimento de las ollas que cuecen bajo los soportales.
Los gremios siguen dominando los oficios en cada calle. Sorprende y aturde el ruido en las llamadas thatheras, humildes artesanos, descalzos y sentados en el suelo que golpean repetidamente su martillo para dar forma al metal. También suenan sin descanso las bocinas de motos que rugen atronadores mientras se cuelan por vericuetos inverosímiles.
A primera hora, los rayos del sol maquillan la espectacular fachada del Hawa Mahal, el palacio del viento con casi mil ventanas que fueron diseñadas para preservar la privacidad de las princesas del harén mientras observaban el transcurrir de cada día. El observatorio Jantar Mantar, un complejo de catorce construcciones geométricas de formas caprichosas con las que medían el tiempo, observaban el firmamento y predecían eclipses.El Albert Hall Museum exhibe una gran colección de momias de la era tolemaica, alfombras persas, espadas samuráis y ricas vajillas chinas. Jal Mahal, el palacio del lago Man Sagar, en el que solo el piso superior y la azotea con su jardín y árboles sobresalen a las aguas del lago.
Templos dedicados a diferentes deidades, algunos de mármol blanco limpio y pulcro, y otros como el de Kalyanji, decorado con preciosos frescos en raros tonos verdes.
El bazar, en el centro de la ciudad, con puestos de flores, telas de brillante colorido y llamativos saris que contrastan con los tonos azules de la cerámica y ponen una nota de color al tumulto de gente que recorre el mercado arriba y abajo
Sube a lomos de un elefante desde el lago Maota hasta lo alto de la fortaleza de Amber. Un complejo inexpugnable de edificios que incluye palacios, templos y jardines y donde el maharajá fijó su primera residencia. Impactante el reflejo de sus formas y colores sobre el azul del lago.
Muy ricos los kachori, una pasta rellena de lentejas, frita y crujiente. Para nuestros estómagos no acostumbrados a tanta especia, Anokhi Café solo sirve comida occidental sencilla y orgánica.
Al otro lado de las colinas, En Dera Amer, se puede hacer un pequeño safari en elefante por la selva.
Para dormir: Diggi Palace, decorado de llamativos colores amarillos y azules, amplios y luminosos patios interiores. Deliciosos desayunos en la terraza adornada de buganvilla. O el Samode Haveli, heredero del lujo, la profusa decoración y la cultura de los maharajás.
Lectura recomendada: 10 Easy Walks in Jaipur.

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