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Kioto, mucho más que templos, geishas y té

La antigua capital del viejo Imperio del Sol Nciente nace en las faldas de una gran empalizada formada por tres grandes montañas.

Foto: Kioto, mucho más que templos, geishas y té

La antigua capital del viejo Imperio del Sol Nciente nace en las faldas de una gran empalizada formada por tres grandes montañas. Tres ríos la recorren y riegan. Dicen que en los más de dos mil templos budistas, capillas sintoístas y rojos arcos sagrados de Kioto se reza a los dioses. Tradicionales y acogedores ryokan, serenos jardines zen, de arena surcada por dibujos geométricos y árboles centenarios a los que por respeto nunca se les ha amputado una rama.

Una súper moderna estación de tren de cristal y acero ondulante de espacios amplios y luminosos, contrasta con el antiguo barrio de Gion de pequeñas casas de madera y tejados de pizarra que parece recién construidos. Pequeñas casas de té y característicos restaurantes ryotei. Una entretejida red de estrechas y empedradas callejuelas destilan el encanto armónico de un Japón ancestral. Aquí todo parece milenario, un reflejo de un país tal y como debió ser en tiempos feudales. Las escasas geishas que se adivinan, de cara blanca, ovalada, perfectamente maquilladas como muñecas de porcelana, caminan dando pequeños pasos con el característico sonido hueco de los zuecos de madera que ocultan bajo floreados kimonos y pequeños y coloridos parasoles con los que evitan el sol.

La antigua capital derrocha un fabuloso legado inmaterial. La pausada ceremonia del té, los elegantes arreglos florales de Ikebana y la excelencia del trazo caligráfico se aúnan con el conocimiento que brota de su universidad y el nacimiento de la última tecnología de ocio. La Nintendo, no en vano, salió de aquí.

Bellísimo el templo de oro de Kinkakuji, uno de los iconos y emblemas de Kioto que refleja su encanto en el estanque que lo rodea. El templo Ryoan-ji y su jardín zen (karesansui) cuya serenidad y calma gira entorno a una roca. Yasaka Shrine, donde los lugareños rezan al dios de la prosperidad y la salud. O Nijo Castle, desde donde ejercía su dominio del señor feudal.

Recorre el llamado sendero peatonal del filósofo, junto a un canal adornado de arces, cerezos y bambú, templos y santuarios. El paseo te lleva a Nanzenji, un extenso complejo de parques y jardines donde parar a descansar y observar a la gente. Almuerza en uno de los muchos restaurantes de los alrededores, que ofrecen menús del día en comedores que miran hacia tradicionales jardines en el exterior.  

Imprescindible pasear por el tradicional mercado cubierto de Kyoto, Nishiki, que discurre bajo una calle cubierta y forma un estrecho pasillo a lo largo de varias manzanas. Te lo recomiendo como el sitio donde encontrar cocina auténtica del lugar a precios imbatibles.

Qué comprar: En Ippodo llevan vendiendo tés más de trescientos años. Kungyokudo es una pequeña tienda que parece un santuario, situada frente al templo Nishihongwanji, venden incienso desde hace cuatrocientos años. Pasea por la calle empedrada de Sannenzaka, con interesantes tiendas de antigüedades japonesas.

Dónde comer: Gori Gori Hitoshina es un antiguo almacén junto a uno de los canales del río reconvertido en un restaurante japonés poco ortodoxo donde se sirven comida Kaiseki, pero con un toque moderno y diferente. La antigua fachada reconvertida en un gran ventanal, sobre el canal y la exuberante vegetación, contribuyen a que se disfrute aún más del gran menú de 8 platos exquisitamente preparados por algo menos de 40€.

Dónde dormir: El lujo del silencio, la quietud y la tranquilidad del Hotel Hoshinoya, escondido entre los recodos del río Ooi, en medio de la naturaleza; un hotel fascinante, moderno pero con suelos de tatami, pantallas de papel corredizas, kimonos, baños de madera de ciprés y futones donde descansar... y un buen restaurante. 

 
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